Una guerra tal que es la de todos contra todos

De Joaquín Segura

La Ene

Diciembre 2016 – Febrero 2017

Un fantasma proviene del pasado pero no pertenece a él, se trata de una presencia paradójica que aparece en el presente como re-presentación de algo pretérito, pero a su vez distinto del sujeto al que referencia, como algo nuevo. No se puede volver atrás ni mirar hacia adelante sin convocar a los fantasmas.

Cuando pensamos la historia en términos de fantología, de una ontología de lo fantasmagórico, esta deja de enunciarse como un ejercicio de la memoria para imponerse como una presencia inesperada pero ineludible para elaborar el presente y, aún más, para concebir cualquier futuro posible. La (re)aparición de la presencia espectral en su otredad actual y única permite, en la superposición espacio-temporal que provoca, la eclosión de su interpretación y la diseminación de cualquier elemento significante.

Los fantasmas nos asedian, y aún así, no dejamos de conjurarlos en cada enunciación de nuestros deseos, reclamos y derivas afectivas. En definitiva, en nuestra relación con el mundo, expresada de manera subjetiva, pero también en su estatuto de cuerpo colectivo. Un cuerpo abatido por las ausencias inexplicables: 43 cuerpos desparecidos, el mito de una “verdad histórica de los hechos”, historias exhaustas, historias marginadas, historias erradicadas, plagadas de fantasmas.

 

A ghost comes from the past but does not belong to it: it is a paradoxical presence that appears in the present as a re-presentation of something preterite, but at the same time different from the subject it references – something new. There is no going back or looking forward without summoning ghosts.

By thinking of history in terms of phantology – of an ontology of the phantasmagorical – it ceases to be stated as an exercise of memory and imposes itself as an unexpected but inescapable presence in elaborating the present and, further still, in conceiving any possible future. The (re)appearance of the spectral presence in its actual and unique otherness (once it has disappeared again, it will no longer be the same) allows, in the superimposition of time and space occasioned by its presence, the eclosion of its interpretation and the dissemination of any signifying element it may offer us. A ghost tears histories apart, it leaves it scattered for someone to put it back together.

We are haunted by the spectre of history yet we do not cease to invoke it in every statement of our desires, demands and our affective wanderings: in our subjectively expressed relationship with the world, in short, but also in its status as a collective body. A body beaten by inexplicable absences: the myth of a “historical truth”, exhausted histories, marginalized histories, eradicated histories, all riddled with ghosts.