En su poema Cielo, Alejandra Pizarnik —del cual esta muestra toma prestado su título— sobrevuela los vínculos afectivos superponiendo la figura del ser amado y de las nubes como atravesada por una neblina. “No sé si pensar en el cielo o en ti” escribe. La confusión nos permite imaginar un cuerpo que se evapora para desvanecerse en el cielo y viceversa, unas nubes de humedad que se cuelan dentro de los cuerpos. Esta muestra, un poco inspirada en esta imagen de Pizarnik, reúne obras de la pintora Paola Vega y la escultora Elba Bairon. Provoca un encuentro de sus prácticas para poner en diálogo distintas materialidades, lenguajes, formas, ideas y metodologías, explorando tanto sus afinidades como sus diferencias y tensiones, pero también para ver si en ese juego de cercanías y lejanías sus contornos se evaporan en una neblina invernal para crear una forma nueva que las contenga a las dos. Una forma bitremenda.
Se trata de un experimento que indaga en los encuentros y desencuentros entre un conjunto específico de esculturas y pinturas. Estas obras, autónomas en sí mismas, se transforman al ser dispuestas en relación conformando un conjunto heterogéneo, poroso y en constante mutación. En la intimidad de la sala, las piezas entablan intercambios afectivos, se atraviesan y se modifican mutuamente, generando nuevas texturas, atmósferas y modos de convivencia.
La exposición busca así elaborar un lenguaje compartido para este “estar juntas” de las obras, proponiendo un terreno para la imaginación, la experiencia corporal y la percepción sensorial de quienes la visiten.
A través del montaje, se propone un juego de escalas y posiciones que cuestiona los roles tradicionales de la pintura y la escultura, sus vínculos mutuos y con la arquitectura del museo, así como con su entorno. Las pinturas de Paola, realizadas en óleo sobre tela y sobre gasa en gran formato, dialogan con las esculturas de piso y de pared de Elba. En la sala del museo, las obras proponen encuentros visuales y rítmicos; del blanco puro de las esculturas, el ojo pasa a los planos cromáticos de las pinturas, que se tiñen entre sí; el cuerpo rodea el volumen macizo y se deja rodear por los enormes planos etéreos.
En este ir y venir, las obras coinciden en su modo expansivo de habitar el espacio —sus fugas, resonancias y singularidades— como cuerpos que, al rozarse, se vuelven difíciles de separar del aire.
Fotos: Horacio Volpato






