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Sofía Dourron

Caudal

Caudal

Joaquín Boz
Marzo-Mayo 2022

Barro, Buenos Aires

“…las cosas están allí silenciosas y uno va hacia ellas también silenciosamente. Y de esa relación, contacto, muy misterioso, claro, pero humilde de nuestra parte, sale una resolución…”

Eso decía Juan L. Ortiz en 1978. Hablaba con un periodista sobre la posibilidad de trascender la soledad angustiosa que sentimos las personas frente a las cosas: los ríos, las montañas, los árboles, los caminos, las tazas, las cucharas, las sillas… todas las cosas. Decía también Juanele, en la misma entrevista, que ese tipo de soledad emerge de nuestra incapacidad para unirnos a ellas, las cosas, y nuestra costumbre de replegarnos sobre nosotrxs mismxs. Dijo, finalmente, que a veces esa “resolución” que nos apacigua sucede en cosas como el arte y, suponemos, casi sin que nos demos cuenta.

Lo que pasa, en parte, es que estamos acostumbradxs a tratar a las cosas como entes estáticos, cerrados sobre sí mismos y, por sobre todo, carentes de voluntad propia, sujetos a nuestras acciones o pensamientos. Y como las pinturas son cosas –aunque un tipo particular de cosa–, indefectiblemente las pensamos también como materia estable y objetiva. En las pinturas de Joaquín ocurre algo distinto: la materia empieza dictando su propio camino, para que después él la acompañe, la cuide, la acomode con paciencia, intervenga con un pincel o con el dedo, encuentre un amarillo que empuje entre los verdes y los rosas y lo ayude a salir. Con el tiempo, la materia vuelve a moverse, se tensa y se distiende, se craquela, se evapora. En esa relación de intercambio y transformación parece iniciarse un pasaje hacia el reconocimiento mutuo e , incluso, una posible resolución de la soledad.

Caudal nos acerca a esa experiencia de las cosas como un flujo continuo de materia. Acá, como en las pinturas de Joaquín, todo se entrelaza, y en ese entrelazarse los contornos, alguna vez rígidos y acabados, se vuelven suaves y porosos; en la superposición de pequeños gestos, formas y colores que de tanto ensuciarse unos con otros se vuelven irreconocibles, se diluyen las referencias al mundo que nos rodea y su principio de diferencia. Acá, entre capas de pinturas, personas, muros envolventes y papeles colgantes como pantallas japonesas de la pampa, todas las cosas, humanas y no humanas, nos volvemos a encontrar, ahora revueltas como el caudal de un río. Y como en el río, buscamos desprendernos de nuestra forma conocida y fundirnos, lentas, unas con otras, aunque sea por un rato, en un amasijo húmedo, suave y un poco pegajoso.

Fotos: Catalina Romero